Mis amigos han evolucionado de una forma inaudita y que me hace desmesuradamente feliz. Han pasado de aquellos que te pasaban notitas por debajo de la mesa o que compartían contigo su bocadillo, y a los que te daba vergüenza confesar tu primer beso, a muchas otras cosas, muchos otros ámbitos, muchos otros matices. Somos otros ahora. Somos lo mismo, pero todo lo contrario. Somos más, estamos más dentro los unos de los otros. Entienden mi historia, mi evolución, mis motivos y mis consecuencias.
Ahora ellos son los que me acompañan a echar gasolina, los que me ayudan a hacer maletas, los que convenzo para que dejen de estudiar a cambio de planes mejores, con los que planeo viajes de todo menos turísticos, la que me acompaña a por la pastilla del día después, la que me dice que le apetece probar mi piercing y lo hace, con los que nos comparamos los culos, con los que veo fotos del pasado, los que se ríen de mí (y yo de ellos), los que beso toda la noche, los que no besaría jamás porque sería raro, los que nunca me van a juzgar si beso a más de uno en una sola noche, con los que la lío demasiado en las noches de luna llena, a los que doy consejos sexuales, los que me hacen reír cuando estoy rallada, los que se ponen a hacerme fotos cuando yo sólo tengo ganas de vomitar, los que me hacen
la guaña y nunca vienen cuando dicen que van a venir, con los que hago cosas que en realidad no se deberían hacer, los que aguantan cuando soy extremadamente cansina, los que siempre me guardan un par de caladas de sus porros, los que me dicen cosas bonitas, los que me dicen verdades más feas, los que salen del armario, los que cocinan conmigo, los que halagan mi comida, los que se piden sitio mi coche, los que nos besamos los unos a los otros durante toda la noche, los que son odiados por mi gata, los que me llevan a sitios maravillosos, los que me hacen escalar, los que juegan fatal al Tabú, los que aguantan hacerme fotos posturosas asquerosas, los que me piden un piti, los que me dan un piti, los que ahora se han aficionado a mandar postales por mi culpa, los que ya no están de la misma forma de antes, los que jamás me dieron dos besos, los que entienden que nunca saldré en tacones, los que se meten con mi altura, los que me miran desde encima pero nunca por encima, los que dicen que me echarán de menos, los que dicen más bien nada, los que se fueron a estudiar lejos, los que hacen arte en mi cuerpo, la que pide ayuda con su ansiedad, la
crush que acabó siendo amiga, el que regaño por conducir borracho, los que hacen un bote para pagar mi cena porque se me olvidó pagar, los que seguían preguntando el número de mi casa después de venir mil veces, los que me enseñan a frenar con los patines, con los que hago música, los que me animan a seguir, los que dicen tener ilusión en que llegue verano para que vuelva aun cuando no me he ido.
Son ellos y no los cambiaría por nada en este mundo.
Nadie entiende la suerte que tengo de la forma en la que yo la entiendo.