Hoy de repente el sentido de todo ha trascendido como si de la solución a un enigma oculto se tratara, y ha vuelto para devolverme una parte de mi que se había esfumado en las noches de febrero que pasé despierta y desorientada, enfermando, ahogándome en un profundo vacío, mientras que cada día yo era un poco menos y a la vez todo un poco más. La inocencia más pura se había extraviado en las prendas que me fui quitando, una a una, muestras de las piezas que dejaban de encajar, de las partes más rotas y dañinas de mis desperfectos. Blanca y ligera como una pluma, ligera como los problemas sin importancia, como las hojas en blanco, como aquello sin el suficiente valor como para destaparlo. Y mientras todo se impregnaba de conformismo y costumbre, de la rutina que me hizo ver la guerra como el culmen natural e inevitable de la paz.
Dicen que vivir es fácil con los ojos cerrados, pero a mi sólo me demostró una cosa: que la valía de alguien tan importante como deberías ser tú mismo no será apreciada mientras sigas con el miedo a tenerlos abiertos.