Tú sigues siendo de aquí. Porque a cada nueva persona que conozco, le hablo de ti. Entonces parece que nunca te has ido.
Entre los de siempre, creo ser la única que espera tu llegada de esta forma. Y ahora son mis nuevos amigos los que también esperan, los que preguntan, los que, a diferencia de lo que me pasaría a mi, se extrañarían mucho al no verte en mi fiesta de cumpleaños. Porque tú eres parte de mí, un engranaje que hace que mi motor vaya un poco mejor.
Eres todos esos clichés que odio, porque aunque estés lejos, no hago más que sentirte cerca, y a veces recuerdo cómo es escucharte jadear y soltar insultos al llegar a casa tras subir 9 plantas de escaleras, al igual que cuando llegabas tras la cuesta campestre de mi antigua casa. Siempre, primero un vaso de agua, antes casi de saludar. Y en casa eres una más, aunque hayas estado poco. Tu casa, en la que ya no vives, es casi más hogar ahora para mí que para ti, porque siempre que paso nos recuerdo saltando esa valla, y arrancando el coche para ir a Torremolinos o comiendo melocotones maduros con camisas de cuadros y vaqueros de campana.
Ahora hay cosas que no volverán a repetirse. Quizá no volvamos a dormir juntas y nos abracemos por el frío. Y quizá no sea hora tampoco de ir a la Nogalera vestidas como zorras, seguramente jamás volvamos a hablar inglés fingiendo ser extranjeras a gritos por mitad de la Calle Larios. Tampoco me echarás el Tarot, ni iremos a Tarifa con Jaime y Alberto, ni hablaremos de cómo ha sido estar con la misma tía o tío capullo.
Vendrás de sorpresa, como siempre, sin avisar, no planearemos nada tampoco, me dejaré toda esa semana libre para que al final sólo podamos quedar un día y con tu familia. Pero tú serás siempre la misma para mí, pero yo siempre seré contigo otra, la Clara que cambió por completo, a la que hiciste cambiar, la que te quiere con locura pero prefiere decirte "te qu".