Se quedaron los títulos en nombre de la realeza
¿quién necesita reyes, teniéndola a usted, princesa?
alegraba las mañanas como una noche sin frío
decías "esto no es mío", y sin serlo, lo tomabas.
Dulce niña, mitad ángel, suave era
el aliento entre el carmín y ojos azabache
se alteraban las mareas si por ahí pasaba
y parecía hipnotizarte como una especie de hada.
Nada te hacía perderte como su poder
de hacerte ver el mundo totalmente del revés
allá donde yacía el cielo se deleitaba
Y por más que lo negabas tus pruebas te delataban.
No hubo nunca otros ojos más hirientes
de flechas dotado apuntando al corazón
porque ella vuela y parte los esquemas;
porque ella nunca -jamás- seré yo.
sábado, 7 de diciembre de 2013
martes, 3 de diciembre de 2013
¿De qué te sirve tener derechos si de pronto llegan ellos y te los arrebatan?
De un solo golpe, firme y consciente, te lo quitan todo. Ella estaba desnuda y destrozada en su catre de pajas, y se dio cuenta entonces, al despertar, de que se habían llevado lo más importante de ella misma; su alma, su identidad. Con la poca fuerza que le quedaba se levantó, miró a su alrededor. Las ventanas estaban rotas, los pequeños fragmentos de cristal en el suelo en el que se apoyaban sus débiles pies descalzos. Tímidamente se asomó a la ventana. Abrió los ojos, y la luz se hizo de pronto, la luz que la cegó, la luz que le mostró la realidad.
Hay miradas que sirven para encontrarse, otras para abismarse, las que fulminan, atroces y devoradoras, las que incitan. Aquella mirada sólo le sirvió para perderse, perderse en un lugar que no dejaba cabida a hacerlo; pues no existía. No era nada; no quedaba nada de lo que un día fue. Giró sobre sí para darse cuenta de que estaba sola.
Miró de nuevo el abismo. En cualquier otra ocasión se habría sentido triste, pero algo no le permitía sentir tristeza. Sus ojos coaccionaban a gritos por soltar un par de lágrimas, lágrimas baldías, lágrimas puramente inexistentes. La mirada se tornaba cristalina, al igual que aquellos jirones maltratados de vidrio. Esbozaba un tímido gesto que apenas se dejaba ver entre sus mechones de pelo alborotado, pero no sentía nada. Era incapaz de experimentar cualquier tipo de sensación.
Fue entonces cuando examinó su cuerpo, destrozado por fuera y por dentro intacto, sus manos, rozó su piel por última vez. Se sintió libre, y no era la libertad en la que ella siempre había creído, por la que había luchado. Era una libertad como escapatoria.
Tomó la puerta y salió: el mundo era suyo. Y así se perdió en el lecho de espumas, se revolvió y bailó hasta que no sintió sus pies, y por último, se hundió hasta sentir que no existía, y no fue triste, no fue cruento ni fue amargo: simplemente, fue.
Duerme pequeña, no despiertes del río de aguas mansas al que perteneces, nunca debieron despertarte para arrojarte desde más alto... aún duerme...
De un solo golpe, firme y consciente, te lo quitan todo. Ella estaba desnuda y destrozada en su catre de pajas, y se dio cuenta entonces, al despertar, de que se habían llevado lo más importante de ella misma; su alma, su identidad. Con la poca fuerza que le quedaba se levantó, miró a su alrededor. Las ventanas estaban rotas, los pequeños fragmentos de cristal en el suelo en el que se apoyaban sus débiles pies descalzos. Tímidamente se asomó a la ventana. Abrió los ojos, y la luz se hizo de pronto, la luz que la cegó, la luz que le mostró la realidad.
Hay miradas que sirven para encontrarse, otras para abismarse, las que fulminan, atroces y devoradoras, las que incitan. Aquella mirada sólo le sirvió para perderse, perderse en un lugar que no dejaba cabida a hacerlo; pues no existía. No era nada; no quedaba nada de lo que un día fue. Giró sobre sí para darse cuenta de que estaba sola.
Miró de nuevo el abismo. En cualquier otra ocasión se habría sentido triste, pero algo no le permitía sentir tristeza. Sus ojos coaccionaban a gritos por soltar un par de lágrimas, lágrimas baldías, lágrimas puramente inexistentes. La mirada se tornaba cristalina, al igual que aquellos jirones maltratados de vidrio. Esbozaba un tímido gesto que apenas se dejaba ver entre sus mechones de pelo alborotado, pero no sentía nada. Era incapaz de experimentar cualquier tipo de sensación.
Fue entonces cuando examinó su cuerpo, destrozado por fuera y por dentro intacto, sus manos, rozó su piel por última vez. Se sintió libre, y no era la libertad en la que ella siempre había creído, por la que había luchado. Era una libertad como escapatoria.
Tomó la puerta y salió: el mundo era suyo. Y así se perdió en el lecho de espumas, se revolvió y bailó hasta que no sintió sus pies, y por último, se hundió hasta sentir que no existía, y no fue triste, no fue cruento ni fue amargo: simplemente, fue.
Duerme pequeña, no despiertes del río de aguas mansas al que perteneces, nunca debieron despertarte para arrojarte desde más alto... aún duerme...
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