Es ese terco semblante el que evoca en mi trescientas impresiones,
dos esferas negras en mi gesto dejan la Luna en un exiguo lunar.
Se me escapan todas las musas por cautela y por el desazón de volver a observar tus flechas de inconsciente derribo,
porque tu reflejo es tan veleidoso y audaz que es capaz de hacerse hueco hasta entre los peores rivales.
Ojalá tú y tu fuego no fuéseis los únicos capaces de avivarme y una ráfaga te extinguiese hasta el lugar más inaudito,
pero sólo los más mezquinos tienen la llave de esta puerta que tardaron tres mil vidas en forjar.
Para qué me reencuentras si sabes que sólo te voy a traer absolutamente las mismas historias que te atarán durante 30 horas,
para qué te reencuentro si sé que mis sílabas en tus tímpanos podrían volverte a derribar
y arrastrarme contigo hacia el abismo de tus cráteres al mediodía en invierno,
si el invierno sólo dura lo que dura una estación,
y ya me dirás tú cómo nos sientan a nosotros las estaciones.
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