jueves, 19 de enero de 2017
18/01/16
De pequeña durante una -por suerte- breve época tuve una especie de trauma al cual a día de hoy no le encuentro mucho sentido. Tenía miedo -pánico- a que los edificios se cayeran. Sí. Iba por la calle y lloraba y gritaba que no quería acercarme a las iglesias, ni a los supermercados, ni a ningún bloque; porque iban a derrumbarse encima de mi, desplomarse y convertirse en escombros. Los psicólogos le daban vueltas a qué motivo o antecedente pudo haberme producido aquel trauma. Pero... Nada. Quizás era sólo la mezcla de ser miedica y tener imaginación. Pues bien... Ya no tengo miedo a que los edificios se caigan. Ahora tengo otros miedos. De esos en los cuales la gente no suele ahondar en busca de ese antecedente o motivo que los provoca. Te dicen que no tengas miedo de eso, que es una tontería (no les culpo, yo también lo pienso, de verdad). En primer lugar, me da miedo admitir que tengo miedo (y aquí estoy). Me da miedo que la gente hable. Me da miedo lo que piensen. Me da miedo equivocarme y decepcionar. Me da miedo perder a gente que, realmente, sé que debería importarme bastante menos. A veces incluso me da miedo cierta gente, y como las palabras de esa cierta gente tienen más poder sobre mi del que deberían. Me da miedo aparentar cosas que no soy... y no ser cosas que aparento. Me da miedo perderme experiencias que me acabo perdiendo por miedo. Toda una cadena. Es ridículo. Crecemos y nuestros miedos crecen con nosotros. Es curiosa e irónica la única conclusión mínimamente lógica que puedo sacar sobre esto: y es que quizá era bastante más razonable y tenía más sentido tener miedo a que los edificios se cayeran.
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