Yo tenía guardada la última foto de la Polaroid para ti, únicamente para ti. Aunque quería que fuese algo espontáneo, desde hace tanto tiempo ya lo tenía todo pensado, lo había soñado tantas veces con una boba sonrisa en la boca: saldrías tú, tú solo, ni siquiera conmigo, fumándote un cigarro, que por desgracia es lo que más te caracteriza. Probablemente ni el ángulo ni la luz ni la composición serían los mejores. Tú no te darías ni cuenta de que esta imbécil estaba detrás de ti retratándote y admirándote. A poder ser sin camiseta, tan natural como tú eres, de espaldas, un poco de perfil, (¿quizás con la cara girada hacia un lado?), tus grandes orejas con tus pequeños dilatadores, tu barba mal afeitada ocultando tus cicatrices (eres un puto torpe), tu pelo sucio y enmarañado, y en el balcón, aquel en el que tantas madrugadas pasamos mirando a la nada, o, por qué no, en la ventana, en tu pequeña ventana con vistas de mierda por la cual me pedías que mirara la luna mientras me contabas tus miedos y me intoxicabas con tu humo con Coltrane de fondo a las cuatro de la mañana, o, como última opción, en esa laguna a la que me prometiste llevarme y jamás lo hiciste. ¿Cómo será esa puta laguna? Creo que ya no quiero saberlo, no quiero nada más que me recuerde a ti.
¿Sabes qué hice al final con esa última foto? Le dije a mi mejor amiga que se sentara junto al Tajo, y apreté el botón ante una chica sonriente. Y me duele, pero que te jodan.
