Respírame. Déjame ser tu boquilla, tu filtro, y tu aire. Colócate entre mis sentidos. Déjame ser cada una de tus caladas, y expira sobre mí tu humo; inféctame, inféctame con la sustancia más tóxica que tengas. Apaga tu cigarro en mi pecho, márcame. Esa odiosa sensación de miedo a esa autoconfirmación que ya es peligrosamente real, al saber que es tan limitado aquello que podrías llegar a sentir, es tan, tan despreciable que sólo quiero sentirme como una sucia muñeca de trapo, como un inútil reloj de pared al que miras de vez en cuando, al que dulcemente quitas el polvo, el cual continuará ahí colgado durante meses como ese inerte trozo de plástico con agujas y un tímido tic tac a modo de corazón que es. No quiero ser más que eso, quiero dejarme hacer, satisfacerte, hacerte libre entre mis rincones, y mientras -ahogadas tus verdades a medias entre jadeos- suspira junto a mi oído cuando explotes en el efímero éxtasis de la última calada.
Luego quiero que te levantes, y te vayas, y hagas como si nada hubiera ocurrido. Quizá luego puedas quedarte un rato, y duermas, pero mirando a la pared, y mi piel desnuda pida por un segundo un poco de calidez de la que las mantas no quieren darme. La precaria noche será tan fría como nuestros labios al despertar. No recordarás por qué estaba ahí al otro lado, mientras me verás sonreír, y tú sonreirás en un baldío intento de parecer feliz.
Es compendioso el recuerdo, caprichoso y traicionero, me repito cuando me vuelco para quedarme en las tardes de ayer.
Vamos. Inspira una vez más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario