Hay gente a la que parece que tienes que estar mendigándole que se alegren de verdad por ti. Personas con las que tienes que reducirte continuamente, como si la amistad, o el amor, o como quieras llamarlo, se basara en eso: en pretender que eres menos de lo que eres. En hacerte pequeñito, o pequeñita.
¡Como si el amor no fuera más que que te haga feliz la felicidad del otro! ¿Es que hay acaso algo más bonito y puro que eso? Si no es eso el amor, en cualquiera de sus formas, dime qué es.
Porque hay mucha gente que dice amar y me niego a creerlo. Me niego a creer que eso sea amor. Me niego a creer que sólo puedas demostrarme que de verdad me quieres cuando soy menos. Porque yo no quiero ser menos al lado de alguien. Yo quiero que me lleven a ser más. Y si no, créeme que eso no lo quiero.
No pienso creer que me hayan querido así. No quiero mancillar así la palabra que denomina a lo más bello que jamás he sentido y que podría llegar a sentir.
Y tengo mis dudas, porque claro, quizá haya quien realmente crea eso. O no sé, quizá es más como algo que se padece, como un bicho que se va apoderando de tu alma, algo que no se puede elegir. Quien sabe. Si ese es el caso, me da pena. Me da pena que haya quien solo conozca el amor que nace desde el miedo. El amor que se mendiga. El amor que duele.
Pero me cuesta entenderlo. ¿No sería ese el camino difícil? ¿No se supone que debería salirte solo? ¿Qué ha hecho la vida con nosotros para llevarnos al punto en el que es más fácil querer con recelo que hacerlo de verdad?
Después de tanto tiempo, solo hay una cosa que puedo tener clara. Que si es ese el amor que puedes ofrecerme, seas quien seas, lo siento en el alma pero... Yo eso no lo quiero. Ni lo voy a querer jamás.