martes, 11 de junio de 2013

Invierno.

Tu amor es como una estación que nunca pasa. Como un invierno eterno y frío. Tu amor heló a mi corazón, a mi débil corazón a la espera de señales de alerta. La melodía parsimoniosa de las canciones más odiosas y horribles aún suena. A sus puertas ya no quiere llamar nadie, y si llaman, puede que ya no quiera abrir. Y los gritos ya no afloran, y nadie sueña. Nadie llora. Solo callan. Él calla por el miedo a ser descubierto. Tu amor lo hizo frágil. Aún te recuerda, claro que te recuerda. Te recuerda como una dulce brisa que atisba de vez en cuando, y se cuela en sus cavidades, y lo hace sentir pequeño. Y recuerda el latir fuerte, y recuerda lo que era sentir. También sabe que no te has ido. Y que vuestro pasado, vuestro presente y vuestro futuro son inciertos. Son abstractos, son casi imaginarios. Recuerda las historias que le contaban sobre que aquello existía. Y sigue pequeño y desolado y sin creer muchas cosas, y a la vez creyendo demasiadas. Y a veces siente que no queda nada, mientras que en ocasiones aún le queda algo de ingenuidad y sueña. Sigue siendo inocente, aunque intente negárselo. Le gusta recordar el paso de las estaciones. Le gusta recordar la dulce primavera, y el olor de las flores. Le encanta recordar todo aquello que ya no volverá, y le gusta sonreír porque una vez estuvo ahí. Pero esta vez el invierno no quiere irse. Y ya es demasiado largo. Lo peor es que se habituó tanto al invierno, que ahora tiene miedo de que éste pase. Y una parte de él realmente no quiere volver a esa primavera, a esos cambios, a esos nuevos descubrimientos. Porque sus raíces ahí se quedaron, donde más frío hacía, donde le dijeron que no aguantaría mucho. Ahí quisieron quedarse.


Y así es como mi corazón ha preferido vivir en su invierno.

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