Tu amor es como una estación que nunca pasa. Como un
invierno eterno y frío. Tu amor heló a mi corazón, a mi débil corazón a la
espera de señales de alerta. La melodía parsimoniosa de las canciones más odiosas
y horribles aún suena. A sus puertas ya no quiere llamar nadie, y si llaman,
puede que ya no quiera abrir. Y los gritos ya no afloran, y nadie sueña. Nadie
llora. Solo callan. Él calla por el miedo a ser descubierto. Tu amor lo hizo
frágil. Aún te recuerda, claro que te recuerda. Te recuerda como una dulce
brisa que atisba de vez en cuando, y se cuela en sus cavidades, y lo hace sentir
pequeño. Y recuerda el latir fuerte, y recuerda lo que era sentir. También sabe
que no te has ido. Y que vuestro pasado, vuestro presente y vuestro futuro son
inciertos. Son abstractos, son casi imaginarios. Recuerda las historias que le
contaban sobre que aquello existía. Y sigue pequeño y desolado y sin creer
muchas cosas, y a la vez creyendo demasiadas. Y a veces siente que no queda
nada, mientras que en ocasiones aún le queda algo de ingenuidad y sueña. Sigue
siendo inocente, aunque intente negárselo. Le gusta recordar el paso de las
estaciones. Le gusta recordar la dulce primavera, y el olor de las flores. Le
encanta recordar todo aquello que ya no volverá, y le gusta sonreír porque una
vez estuvo ahí. Pero esta vez el invierno no quiere irse. Y ya es demasiado
largo. Lo peor es que se habituó tanto al invierno, que ahora tiene miedo de
que éste pase. Y una parte de él realmente no quiere volver a esa primavera, a
esos cambios, a esos nuevos descubrimientos. Porque sus raíces ahí se quedaron,
donde más frío hacía, donde le dijeron que no aguantaría mucho. Ahí quisieron
quedarse.

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